
El aceite de oliva en la Biblia
Jun
Algunos dicen que son doscientas, otros que son cuatrocientas, pero la verdad es que de todas formas son muchas las veces que el olivo o su aceite aparecen citados en las Sagradas Escrituras.
Esto sucede porque el olivo era la base del ungüento de la unción y la luz que iluminaba la oscuridad de los templos y los hogares. Es muy probable que Jerusalén estuviera, desde tiempos anteriores a la palabra escrita, rodeada de olivos.
Para el pueblo hebreo, el aceite de oliva se sitúa con Adán. Una antigua leyenda cuenta que cuando Adán tenía 930 años, y presintiendo que se le acababa la vida, recordó que el Señor le había prometido el “óleo de la misericordia”, que sería la rendición suya y de la humanidad. Por esto mandó a su hijo Seth al Paraíso, donde el querubín que lo vigilaba le entregó tres semillas sacadas del árbol del Bien y del Mal. Aquellas tres semillas germinaron en la boca de Adán después de muerto y de esta forma en el monte Tabor, en el valle de Hebrón, nacieron tres árboles: el olivo, el cedro y el ciprés.
Entre las muchas disposiciones que se promulgan, recogidas en el libro del Éxodo, se destaca la misión encomendada al aceite como instrumento de culto (cap. XXVII, versículo 20 del mencionado libro). “Manda a los hijos de Israel que traigan aceite de olivas machacadas para alimentar continuamente la lámpara santa”, dice el capítulo.
El aceite de oliva desempeña también una importante función sagrada, ya que se empleaba para consagrar a los reyes, a los pontífices y a los grandes sacerdotes. También en el libro del Éxodo (cap. XXX, versículo 24), se atestigua que el aceite de las unciones estaba perfumado: “Procúrate aromas finos, seis kilos de mirra pura, la mitad, o sea tres, de cinamomo aromático y otras tres de cada aromática, seis kilos de casia, según el peso del santuario, y cuatro kilos y medio de aceite de oliva”.
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