Jabón de aceite: más que una moda estética

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Mar

Una de las características más curiosas de las economías campesinas tradicionales españolas ha sido el establecimiento de mecanismos de supervivencia en los que la economía familiar era esencial en un mercado insuficientemente abastecido y al que era difícil acceder debido al bajo nivel adquisitivo medio.

Especial interés, en un territorio donde el aceite de oliva ha sido tan preponderante, presenta la fabricación del jabón, un artículo mucho más reciente de lo que pueda parecer.

En Europa se tiene constancia de él desde el siglo VIII y, durante el siglo XII, Castilla fue un importante centro productor, tanto por la cantidad que se fabricaba como por su calidad, al emplear aceite de oliva en lugar de grasas animales, lo que elimina los malos olores.

Era frecuente que los molinos o almazaras hasta hace poco asociaran a la producción de aceite la de orujo o la fabricación de jabón. Pese a ello, este producto se elaboraba en las casas tanto para realizar la colada como para el aseo personal e incluso para la desinfección de heridas, mezclándose con cera de abeja para formar el “cerato”, o para la belleza facial, cociéndose el aceite con colonia y esperma de ballena para formar el “croque”.

Este método maravilla hoy en día a ambientalistas por cuanto supone no sólo el aprovechamiento y reciclaje del aceite usado, sino porque además se evitaba así que este producto tóxico se vertiera sin control a los cauces fluviales.

La receta del jabón es sencilla. Por cada tres litros de aceite de oliva usado en la cocina se añadía otros tantos de agua y medio kilo de soda cáustica. En primer lugar, se mezclaba poco a poco el agua y la soda, que reaccionaba produciendo mucho calor. Al enfriar, se iba añadiendo progresivamente el aceite sin dejar de remover hasta que espesaba. Entonces, se disponía en grandes bandejas de madera que hacían las veces de molde. Una vez endurecido, se cortaba dándole forma a la pastilla de jabón. En ocasiones se le añadía azulete para darle una tonalidad más atractiva al jabón.

Este trabajo estaba reservado especialmente a las mujeres, quienes iban a la almazara a buscar en los desagües los turbios que se iban posando en las zanjas, quedando en suspensión en el agua una sustancia grasienta que se “pescaba” con cazos de mimbre. Esta sustancia se cocía, desechándose los residuos y aprovechándose entonces la suspensión restante: precisamente el jabón obtenido de estas sustancias era el más apreciado por su calidad, incluso por encima del obtenido del aceite limpio.

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